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2014-09-10

Fotografías Propias.

Diecisiete. // M.B.14
Pies sobre la toalla Simetreía. // M.B.14

Pies sobre la toalla Simetreía. 2  // M.B.14

Pies sobre la toalla Simetreía. 3  // M.B.14


Ojito Izquierdo. // M.B.14

Falling 1 // M.B.14

Falling 2 // M.B.14

Falling 3 // M.B.14

Falling 4 // M.B.14

Lorea. Flor, Flower // M.B.14

Él // M.B.14

Ella // M.B.14

Emakume. Mujer. Woman. // M.B.14

Gizon. Hombre. Man. // M.B.14

El Amor. Maitasuna. Love. // M.B.14

Sombra sobre el tejado. // M.B.14


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2014-08-31

Fotografías. Balmaseda. La Arboleda. Kobeta Mendia. Errekatxo. 2014/08.


Hilera de rocas. Monte Kobeta mendia. Bilbao. 2014/08
Monte Kobeta mendi. Bilbao, vistas. 2014/08
Detalle de flor brotando entre bordillo y fachada. El Regato - Errekatxo. 2014/08
Detalle figura de piedra junto a escalera. El Regato - Errekatxo. 2014/08
Detalles de balcón, ventanas y parras en primera planta sobre entrada a caserio. El Regato - Errekatxo. 2014/08


Reloj de sol en el suelo. Balmaseda. La inscripción, en euskera, podría traducirse como "El mundo va a una con la hora", va a la vez. 2014/08
Detalle de escalera y pasamanos en entrada a planta baja de interior de caserío. La Arboleda. 2014/8
Detalle de la sombra sobre reloj de arena. Balmaseda. 2014/08
Entrada a planta baja de interior de caserío. La Arboleda. 2014/8 (I)
Torre trasera de Iglesia de San Severino. Balmaseda. 2014/08
Iglesia de San Severino. Balmaseda. 20014/08
Entrada a planta baja de interior de caserío. La Arboleda. 2014/8 (II)
Contraluz desde interior de caserío. La Arboleda. 2014/8
Placa en talla de madera incrustada en fachada de piedra de un caserio con detalles del escudo del Athletic Club Bilbao y Lauburu  El Regato - Errekatxo. 2014/08



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2014-08-16

.... UN ÁNGEL, UNA AMIGA ....

Deyanira Alvarado

.... U N   Á N G E L,   U N A   A M I G A ....

De entre los ángeles que pueblan la tierra,
uno se presenta como pocos,
desde descomunal lejanía,
en vuelo de trazo rasante
sobre las olas de un oceano.

Un ángel capaz de escuchar
el callado brote de una lágrima,
el latir desengrasado y ronco de un corazón partido,
el suspiro que mana sangrante desde heridas mal cerradas,
el penúltimo ruego al de arriba,
–una tregua, por favor.–

Y si el señorito anda liado
y no consigues sosiego,
él es quien se sienta contigo
 para que no te sientas solo.

Ese àngel, esculpido en pura roca.
Granito mexicano,
làgrimas, polvo, sudor
y un pasado injusto.

Portador de luz y alegría,
de paz y de tiempo que entrega
a que no caigas abatido.

Yo lo pienso en ocasiones:
si tú alguna vez, angelito, necesitases de mi ayuda,
¿cómo podré devolverte
todo lo que tú me has dado?

Una esperanza, tu fe,
tu amor, un perdón,
tu sonrisa, un claro.
Muy pocos esperaríamos a cambio nada
si a la vez entregásemos tanto.

De verdad angelito bueno,
  fue un milagro el conocerte
sería de canallas que no dijera
–conmigo puedes contar. 

Debo, lo sé, por mi parte, 
Evitarte sufrir mi ventura, 
Y estate casi segura, de que 
A pesar de que vengan más golpes
No volverè a masticar barro. 
 Incluso si la tristeza me cubre,
Renunciaré al llanto y la cólera y
Acudiré puntual al encuentro
con mi muy querida amiga .

M.B.14
A mi amiga Deyanira.
A todos esos ángeles
que sobrevuelan a ras de tierra
y que a veces, con suerte,
nos pasan tan cerquita que llegan a rozarnos.

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2014-05-12

Escape.3 Patty & Clyde


Patty arrancó uno de los botones y lo escupió. Luego mordió el cuello de la camisa negra de Clyde mientras éste apretaba el último nudo de seda rojo en su muñeca izquierda.

"¿Clyde? ¿Sería ese su nombre? ¿Clyde qué más?" se preguntaba mientras sus ojos color carbón mostraron el ardor de la rendición más sumisa al comprobar, con un último e inútil intento que estaba por completo sujeta por sus cuatro extremidades a la robusta cama de madera de la cabaña.









Corría el rumor del sexo crudo por la habitación, mezclado quizás con el frescor de la mañana que aromatizada por los frondosos pinares situados entre la choza y el lago, se colaba por la ventana.

Clyde la miró mientras le colocaba la yema del dedo índice sobre sus labios entreabiertos emborronados de carmín hasta la barbilla por los besos. Le gustaba ese sabor a pintalabios con sabor a fresa, hasta el punto de haber llegado a morder los labios de Patty en alguna ocasión convirtiendo aquellos besos en pura afrodisíaca macedonia de frutas y sangre.

Ella guardó silencio. Humedeció el dedo que él le ofrecía, primero perfilando casi con su lengua los surcos de su huella dactilar, para luego, envolverlo con su boca. Lo mantuvo un rato dentro, sintiendo el calor  de su saliva y las caricias de su lengua jugando al gato y el ratón alrededor de sus falanges.

Mientras, Clyde estudiaba cada parte del cuerpo semidesnudo de la mujer que tan sólo con una tanguita negra con su nombre bordado, marcaba una especie de frontera que saltar sobre su cadera y seguido, sus dos bonitas piernas separadas y atadas por los tobillos también por sendos nudos rojos.

Extrajo su dedo y volvió a mirarla a los ojos aunque ella los tenía cerrados. Le apartó un mechón de pelo que tenía  sobre la frente, y le acarició el cuello. Después deslizó su mano hasta alcanzar su pecho izquierdo, cubierto aún por una fina gasa de seda violeta. Retiró el velo muy despacio, rozando los pezones al pasar,  que parecía se agarrasen a él siguiendo el vuelo de los dedos.

Patty abrió lo ojos y lo vio arrodillado junto a ella sobre el colchón, despojándose de la única prenda que aún le quedaba puesta, la camisa negra.
Fue entonces cuando le vino a la cabeza el momento en el que se conocieron días antes, en aquel bar de carretera de la N-634. Recordó como había sucedido todo. Un giro inesperado, el vaso con su bourbon favorito derramándose sobre la misma camisa negra y el atropellado intercambio de disculpas.
Todo aquello que había visto tantas veces en películas y series de televisión. Las sonrisas tensas al principio y más sueltas después, y el clásico ofrecimiento de él:

–Déjame que te invite a otra. ¿Bourbon verdad?

 Y sólo tres días después se encontraba allí con un desconocido, desnuda y atada a una cama en el interior de una cabaña, lejos del pueblo y apartados de la carretera.

.....

La taza estalló en cientos de pequeños cachitos contra el suelo de la cocina. Lo que hizo que Mikel reaccionase, aunque tarde, con un ligero salto hacia atrás.
Comenzó a ordenar en su cabeza lo que había ocurrido momentos antes y de seguido logró decir:

–Sra Pecker. Yo...

–Bien, no te preocupes Mikel. Sólo fue una estúpida idea mía. –Respondió ella, evidenciando por su caer de cabeza como a plomo, no sentir en realidad lo que decía.

Mikel se dispuso a recoger los restos provocados por su torpeza. Mientras, pensó en la proposición de la Sra Pecker. Él había preparado aquello para pasar esos días en completa soledad, sí. Pero tampoco tenía por ello que quitarle la ilusión de participar en algo semejante. Tendría con quién conversar, ¿porqué no?

–¿Porqué no, dices? –Pensó.–Porque sabes lo que va a pasar. Con ella no te sabes controlar, y como te pille en una escena como la de la ducha, la vas a liar. Dile que no. Dile que no.

Con el recogedor en la mano, donde saltaban como si estuviesen vivos los pedacitos de la taza por el movimiento nervioso de las manos, Mikel se giró hacia ella.

–Está bien Lucía. Iremos los dos a esa excursión.

M.B.2014


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2014-04-25

Besos, muchos, todos (Aúdio)

ESCUCHA EL POEMA

 Besos, muchos, todos.
 de
Mikel Beltrán
_____________________

Enciende en mi boca un beso,
sólo un beso,
para inundar con luces de neón
esta noche fundida.
Alumbra con tus labios los míos.
Ven,
pues sin ese tu beso,
me temo, nunca llegue a amanecer.

Sorpréndeme con un beso,
o con tres,
suspendidos de dos hilos
y sin adivinar el encuentro,
a ciegas,
tantea en la oscuridad
hasta hallar los bordes de mi boca.
Entonces sí,
golpéame con tu beso.

Acorrálame con un beso,
o con varios,
tiéndeme una emboscada sin salida.
Violenta mi boca,
entra en ella,
a lengua descubierta,
llévate el botín de mi deseo
y huye con él hacia el resto de mi cuerpo.

Desnúdame con un beso,
o con cientos,
que tú ya sabes que yo me dejo.
Una vez despojado de la ropa
cátame,
saboréame,
vísteme de tu saliva,
hasta que mi piel sepa a tu boca
y tu boca tenga el gusto de mi piel.

Narcotízame con un beso,
sólo un beso,
que al contrario que en el cuento
me haga soñar despierto.
Pues no hay sueño más dulce,
no hay beso más eterno
que el que siento que me das
cuando te sueño.
Besos,
muchos,
todos.  

M.B.2014

    
Publicado en Revista Conviviendo

El POR MARIA CASTILLO

En el apartado 

obras seleccionadas de autores amateur

http://revistaconviviendo.blogspot.com.es/2013/10/besos-muchos-todos.html


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2014-04-22

Abril. 02:00 hrs.

Aún son las dos de la mañana, me levanto con el pelo empapado en sudor, hace tan sólo una hora escasa que me he acostado y sigo sin poder dormir. Tengo sed. 
Esta noche hace demasiado calor, o al menos, esa es la sensación que yo tengo.

Abro la nevera ahora vacía, como mi estómago, como la casa. Apenas hay cuatro avergonzadas y solitarias lonchas de queso para sándwich desperdigadas sobre una de las bandejas, un cartón de leche a la mitad y un pack de seis botellines de cerveza de treinta y tres centilitros, reservado para la ocasión de poder compartirlo con ella si algún día decidiese regresar. Sin embargo, los días e incluso las semanas han pasado y no sé nada de ella. Tan sólo recibí un par de mensajes preguntando por mi estado, breves y directos, así, sin continuidad.

Opto por coger las cervezas para calmar la sed, refrescarme y tomarlas sentado en el balcón. Veré pasar a la gente y la noche y ¿por qué no? esperaré a que amanezca, sin prisa, otra noche más.

Pero al destapar la primera botella, ya sólo con el burbujeante sonido del gas liberado al hacer saltar la chapa metálica contra la esquina de la fría encimera de granito negro, es suficiente para recordarla de nuevo, a ella y aquel último beso suyo con sabor a cerveza tostada de importación humedeciendo aún mi boca. 

Dejándome embriagar por los recuerdos, cierro los ojos tratando de encontrar ese momento en el que ambos habíamos brindado chocando nuestros labios, aquella noche.
Y lo encuentro. 

Al tomar el primer trago, imagino por un momento que los bordes de la boca de la botella son sus labios y a ella aferro los míos mientras bebo. 
Tras vaciar la mitad de su contenido por mi garganta, abro de nuevo los ojos y separo la botella muy despacio de mi boca, como cuando la besaba a ella, como cuando me costaba horrores dejar de hacerlo. 

Sentí mis ojos humedecerse y pienso, "serán  las burbujas de la cerveza", hasta que unos segundos después compruebo que en realidad, estoy llorando.


Pearl Jam----Last kiss

 M.B.2014
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2014-03-21

Escape 2. La Sra. Pecker II



La Sra. Pecker, o Lucía, como le gusta que la llamemos, es una mujer unos pocos años mayor que yo o eso creo. Jamás hemos mantenido una charla que fuese más allá del cuarto de hora, ni tan personal como para haberlo comentado, pero por sus rasgos deduzco que rondará los cuarenta y ocho. 
   
Su piel es del color del pan rayado y su pelo largo y un tanto confuso, en el que cada mechón moreno, desciende sobre sus hombros en una dirección distinta dependiendo del momento del día en que te la encuentres.
A veces, sobre todo cuando aprieta el calor, Lucía se lo recoge con una de esas pinzas con clip metálico, o con una goma en la parte trasera de la cabeza.
Entonces quedan más al descubierto sus dos ojazos, negros y coquetos, de pestañas largas, nerviosas, que al mirar, te clavan al suelo o a la silla en la que estés sentado, anulando durante unos segundos, la recepción de cualquier señal a través de los sentidos. Su cuerpo, gracioso y proporcionado en la distribución de las formas cóncavas y convexas que lo arman. Apasionante.
Creo que ya hice referencia antes a sus pechos y los efectos que produce su sola aparición en mi imaginario.

Suele pasar el día en su habitación, la más espaciosa de la casa por ser la resultante de la unión de dos salas continuas, tras el derribo del tabique que las separaba. 
Allí tiene su dormitorio y una zona que utiliza a modo de despacho, coronada por una impresionante mesa antigua de madera y rodeada por una pobladísima biblioteca. Desde esa misma habitación se accede, de forma exclusiva, a una amplia terraza con abundantes plantas, una hamaca de esas tipo balancín e incluso un jacuzzi. Nadie salvo la Sra. Pecker tiene acceso a esa terraza y solo puede verse desde su cuarto o desde la ventana que hay en la despensa, normalmente cerrada con llave.



Me resulta la verdad extraño que esté despierta a estas horas, más aún siendo sábado hoy. Sólo con pensar que Lucia haya podido escucharme durante digamos, mi masaje en la ducha, hace que me empiece a  poner un tanto nervioso. 
Avanzo por el pasillo hacia la cocina, el cristal de la puerta deja pasar la luz suficiente como para no tropezarme con una mesita de metal y mármol y las dos figuras de alabastro que están colocadas a un lado del trayecto. 
El olor a café recién hecho es más penetrante a medida que me acerco. Me paso la palma de mi mano por la cara, desde la frente a la barbilla, intentando borrar de ella cualquier signo de preocupación. Soplo y giro la manilla.

– Buenos días Lucía. No esperaba que hubiese nadie aún levantado. Huele riquísimo ese café. – Digo dirigiéndome hacia la nevera y sin quitar ojo de la cafetera por no cruzarme con su mirada.

– Buenos días Mikel, ya ves, no podía dormir y he venido a preparar el café para los desayunos. He oído que alguno de vosotros ya estaba despierto, así que como hoy es sábado ya no viene la asistenta, marchó de puente y alguien tenía que hacerlo.

Abro la nevera y escondiéndome tras la puerta, saco el cartón de zumo de uva y manzana. 

– ¡Estaba despierta joder! , seguro que me ha oído,– pienso. 
Me sirvo en uno de los vasos de cristal y bebo de tres tragos el contenido mientras miro hacia el techo. ¿Cuánto llevaría despierta? Debo tranquilizarme, estoy seguro que aún dormía. Si me nota nervioso sospechará que alguna otra cosa sucede. No me queda otra, he de decir algo. La miro al fin.
 
Tiene el pelo recogido. Lleva un batín de estilo oriental que apenas llega a cubrirla hasta un palmo por encima de sus rodillas. Con una luna plateada por delante de la cual vuela un dragón rojo. Ambos bordados sobre el bolsillo izquierdo situado a la altura del pecho. Sus dos pezones aparecen perfilados bajo la fina tela de seda negra del kimono. Está descalza, ella siempre va descalza por la casa, con las uñas de los pies pintadas la mayoría de veces de color rojo intenso.

Pasa un segundo, dos y hasta tres hasta que consigo apartar mis ojos de sus tetas. El tema del café me resulta adecuado para centrarme.
 
– Muy amable Lucía, pero ya sabes que no era necesario. Tenía la intención de dejaros el café preparado, pensaba habértelo comentado ayer, pero con los preparativos de la acampada se me pasó. Ya te conté que marcho durante cinco días pero ese detalle se me olvidó.

– Sí, recuerdo que me comentaste. Y precisamente ese es el motivo principal por el cual no me podía dormir y del que quería hablar contigo. Ponme si no te importa otro café a mí por favor Mikel.

Ya está, estoy seguro de que lo sabe. Qué vergüenza. Aunque por otro lado, su tono de voz al decirlo, me ha indicado más bien que era algo que no estaba convencida de lo que iba a decir. 
Me dirijo hacia la cafetera y la retiro del fuego. Voy preparando las tazas lo más calmado posible.

– Lo siento si te he despertado al ducharme Lucía, lo siento muchísimo. De repente se enfrió el agua, salía helada y…

– ¡No, Mikel por dios, qué va! No te preocupes, ya llevaba tres horas despierta al menos. El tema es que no sé cómo decírtelo, a ver. Ya sabes que soy aficionada a escribir en mis ratos libres y he pensado que me vendría bien unos días en plena naturaleza para lo que estoy escribiendo ahora. Los otros dos inquilinos también se marchan por las fiestas, así que la casa quedaría vacía y me aterra la idea de pasarme estos días aquí metida, así que he pensado si te importaría que te acompañase. Además, nunca he tenido oportunidad de poder hacerlo, y me gustaría muchísimo.

En ese preciso momento, una inocente taza de porcelana se estrella, debido a la gravedad de la tierra y a una estúpida reacción mía, contra el suelo de cerámica negra. Después, una sirena de policia alejandose y silencio. 

M.B.2014





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2014-03-10

Escape. La Sra Pecker. I


Y entonces va y amanece, tan de repente como de costumbre, sin previo aviso.
El sol aún despeinado, bosteza sobre el ondulado peluquín de color rojizo que es el tejado de la casa que adivino entre las rendijas de la persiana. A través de ellas, la luz entra difuminando toda la estancia con pálidos colores ahumados.

Aparece el mismo decorado de la habitación de alquiler que me ha rodeado estos últimos dos meses. Ropa acumulada sobre una silla, la abarrotada mesa del escritorio en estado 
permanente de caos y desorden, el teléfono móvil destripado en el suelo junto a la cama que hace suponer que hubo un momento en el cual, me quedé dormido. Fotografías, libros y el resto de todo cuanto creo aún es mío, almacenado al libre albedrío en varias cajas de cartón y un par de maletas.

Mis ojos se adaptan a la luz a manotazos, mientras, espero a que la erección clásica de primera hora de la mañana, desaparezca para poder orinar en condiciones más seguras.
Pasa pronto. Debido a mi costumbre de dormir sin pijama, en cuestión de escasos dos minutos, el contraste térmico sosiega ese ánimo, tan envalentonado como inoportuno.
Salgo al pasillo en dirección al cuarto de baño. Bostezo y enciendo la luz. Esta no avisa de su llegada, pulso y al momento estoy cegado por su repentina intensidad. 
Aguardo a que se esfume la galaxia formada ante mis afilados ojos para de seguido, y un tanto apremiado ya, dirigir el caudal dentro del diámetro del urinario. Bostezo y en ese mismo momento empiezo a sentirme en paz con el mundo.

Mientras, una bolita de papel flota en la superficie del sanitario. "A hundir el barco" llamábamos a ese juego.

Lanzo un fugaz vistazo al espejo y me exploro el gesto muy por encima, más que nada para cerciorarme de que todo sigue en el mismo sitio, ya que en realidad no me apetece lo más mínimo encontrarme de frente conmigo mismo, y menos a las siete de la mañana. 

Pronto me reconcilio. Mientras me ducho, me veo animado a masturbarme por la aparición en mi inconsciente de la imagen de las magníficas tetas de la Sra Pecker, mi actual casera.
Sexo violento y rápido. Sexo de monta y doma, de caricias ensalivadas y expresiones clandestinas. Así imagino en ocasiones que debe ser echar un polvo con la Sra Pecker.




La sitúo ahora mismo al otro lado de esta pared, sobre su cama, tumbada de costado, sin nada encima que cubra su piel,  y con una de sus manos hundiéndose a sacudidas entre sus piernas separadas, mientras dos de los dedos de su otra mano, pellizcan con rabia su pezón derecho. Trata de acallar sus gemidos, pero incluso creo poder escuchar su agitada respiración. 
Cierro los ojos e instintivamente aumento el ritmo. Logro imaginarme delante de ella, acostada y masajeándose lasciva a la espera de su premio. Crece la presión de mi mano alrededor del pene, de manera especial al desplazarse sobre el embravecido glande. Se tensa todo mi brazo primero y el resto de mi cuerpo después. Siento mi semen fluir caliente y acumularse. Presiona. Aún lo retengo durante unas sacudidas más, hasta el momento preciso. Ya.
Contengo como puedo la respiración y suelto mi cuerpo en cuatro sacudidas descomunales bajo la lluvia artificial de agua y vapor caliente. Muerdo mis labios, pero se me escapa el placer en un gemido y dos bufidos, quedando apoyado contra el frío azulejo.

Vuelvo a mi habitación. Comienzo a vestirme y tras enfundarme en el pantalón vaquero, abro la ventana para comprobar la temperatura en el exterior. Aún es temprano y hace fresco, pero creo que con una camiseta de manga corta será suficiente e iré más cómodo cuando aumente la temperatura.

Es sábado y he decidido ocultarme durante los cinco días libres de los que dispongo, en alguno de los montes cercanos que rodean la ciudad. 
Lo básico; una mochila con algo de ropa de repuesto y abrigo, tabaco, varias latas de conservas, papel higiénico y el saco de dormir. La libreta donde anoto mis atropellos mentales también se viene.

Acudo a la cocina dispuesto a prepararme café. La luz está encendida; parece que la Sra Pecker también ha decidido madrugar hoy. O eso, o la desperté en algún momento.

…………………………………….
 
M.B.14
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