
En verano, cuando Miguel aún no sabía
si a ella le gustaría, como a él, bañarse de noche en el pantano,
a él le fascinaba tumbarse sobre la tierra, aún cálida como el
pecho de una madre y bajo una de aquellas farolas que atraían hasta
sus tímidas y parpadeantes luces amarillentas a todo tipo de
insectos, pasar el tiempo viéndolos chocar, testarudamente, contra
el cristal una y varias veces, hasta que quedaban girando a su
alrededor hipnotizados, como pequeños satélites describiendo
elípticas órbitas, a cada vez mayor velocidad.
La vio por primera vez el segundo
domingo de Junio, a la salida de la iglesia, mientras él pasaba por
delante del pórtico con su bicicleta. Miguel tenía trece años y el
pelo negro y rebelde; postillas en sus codos y también en sus
rodillas y un pequeño corte, aún sin cicatrizar, sobre la mejilla
izquierda, que le daba cierto aire de trasto y aventurero que junto
con su porte, ciertamente osado e incluso descarado, le convertían
en uno de esos niños a los que los padres procuran mantener alejados
de sus hijos, por miedo a un contagio de personalidad.
Ella era rubia, aunque Miguel aún no
sabía si le gustaba el chocolate o, como a él, bajar al puerto a
sentarse en el espigón y leer, en voz alta, los viejos libros de
Verne y Twain que su padre guardaba entre cajas de cartón y mantas y
que un día encontró en el altillo de su casa. De vez en cuando,
incluso, se imaginaba sus propias aventuras como capitán de algún
barco pirata mientras perdía su mirada entre la espuma del mar al
romper contra las rocas.
Pero ella era rubia y aquel segundo
domingo de Junio, al detener Miguel su bicicleta frente al pórtico
de la iglesia, ella buscó su mirada entre el gentío y le sonrió,
entonces vio que además era bonita y que con esa sonrisa que le
dedicaba, sería muy probable que le gustase el chocolate y los
libros de Julio Verne.
Para cuando la boca de Miguel quiso
reflejar una sonrisa cómplice con la que responderla, ya era tarde
y era doña Carmen, la madre de la niña, la que le miraba, con
desprecio, mientras ocultaba a su hija tras su propio cuerpo. Si las
miradas matasen, Miguel habría muerto fulminado, como por un rayo,
en ese mismo momento.
–¿Qué estás haciendo insensata?,
ni se te ocurra acercarte a ese desgraciado y no digas que nada, te
he visto sonreírle. ¿Es que acaso no sabes quién es?.
¡Claro que sabía quién era!. Lo sabía
ella y lo sabían el resto de los casi doscientos habitantes de Ur.
¿Cómo no saberlo? En un pueblo tan pequeño como Ur, cuanto más
morbo despertaban los “sucedidos”, e incluso, cuanto más íntimos
eran, más difícil era mantenerlos ocultos y el “sucedido” sobre
Miguel, o más bien sobre la familia de Miguel, cumplía los dos
requisitos imprescindibles para correr como la pólvora, de boca en
boca, en un pueblo de doscientos habitantes como Ur.
–Que sea la última vez Patricia, o
te pasarás el verano entero encerrada en tu habitación.
–Pero mamá, solo es un niño.
–Replicó Patricia.
–Niña, hazle caso a tu madre. Ese
demonio, cuanto más lejos, mejor. Lleva en las venas la misma sangre
que su madre y que su padre. –Apuntó doña Elvira, la hermana
mayor de doña Carmen; junto a ella, una de las personas con más
tierras de cultivo, de bosque y “credibilidad” de Ur.
Aquel verano en el que Patricia sonrió
a Miguel a la salida de la iglesia, doña Elvira rondaba los sesenta
años, diez más que doña Carmen y cuarenta y cinco más que
Patricia.
Siempre vestida de negro desde la
muerte de sus padres, doña Elvira era una soltera de toda la vida,
del tipo de beatas convencidas que piensan que las dos misas diarias,
los rosarios a media tarde y antes de dormir y una buena cantidad de
dinero en el cepillo de la iglesia, son actos necesarios para
alcanzar el perdón y “ganarse el cielo” y a la vez el respeto de
la gente.
Delgada, al contrario que su hermana,
hasta el punto que aquel que no conociese de ella, podría pensar que
no tenía con qué alimentarse. Tampoco era demasiado alta, al menos
no tanto como Patricia y mucho menos que doña Carmen, la verdad es
que alguien que no conociese de ellas, no podría asegurar que eran
hermanas, pero el caso es que lo eran.
Ambas, herederas de la gran fortuna de
los Sistiaga, que además de los extensos campos de cultivo de trigo
y maíz, comprendía la gran arboleda de robles que conformaban el
bosque de Zuaia y la reformada casa torre de la familia, donde
convivían las dos hermanas con la niña y don Ernesto, el padre de
Patricia.

Abandonaron el pórtico aquella tarde
entre los saludos, casi reverenciales, del resto de vecinos y feligreses; quien
más o quién menos, estaba de alguna manera relacionado
“forzosamente” con los Sistiaga y así, podía decirse que no
caía una hoja de árbol ni se movía una brizna de hierba sin que
ellos no lo supieran, antes incluso de que ocurriese.
Sólo el caserío de los Aguirre, sus
tierras aledañas y el vasto manantial subterráneo que aquellas
contenían y que abastecía de agua potable al pueblo, escapaban a su
control y allí era precisamente donde vivía Miguel junto a su tía
Sara, hermana de su madre y su tío Jon.
Miguel emprendió de nuevo la marcha
sobre la bicicleta, aún con la sonrisa en los labios y sin dejar de
mirar hacia el coche donde Patricia se había subido y que ya
circulaba a escasa velocidad atravesando la plaza; estaba seguro de
que ella le veía desde el interior del Ford negro, por lo que
aumentó el ritmo de pedaleo para ponerse a la par de la ventanilla
trasera tras la que, difuso por los reflejos del sol y del propio
paisaje en movimiento, aparecía el rostro de Patricia.
Sus miradas se cruzaron durante dos
segundos, lo justo para intercambiar una nueva sonrisa de ella con un
guiño de él. Después, el Ford negro aceleró bruscamente al llegar
al camino de salida de Ur, dejando a Miguel envuelto en una nube de
polvo y tierrilla en suspensión tan densa, que casi podía
masticarla.
–¡Maldito crío del demonio!
Aquel segundo domingo de Junio, Miguel
comenzó a sentir lo que años más tarde supo que era amor y tras
ver desaparecer el Ford negro, cogió su bicicleta y marchó en
dirección al pantano; estaba seguro de que a ella le gustaría, como
a él, bañarse allí. Luego se tumbo a secarse sobre la hierba. No
podía dejar de pensar en ella, en dónde viviría, en cuál sería
su nombre; quizás se llamaría Maite, como su madre, o quizás
Becky, como la novia de Tom Sawyer; de lo que estaba seguro era de
que era preciosa y tras verla sonreír, de que a buen seguro le
gustaba, como a él, el chocolate y montarse en bicicleta.
Fin de la primera.
M.B.15
Tuyo Txezka.
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