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2015-09-17

Ur. (parte I)

Cuando Miguel comenzó a sentir algo parecido a lo que años más tarde supo que era amor, aún no sabía ni el nombre de ella, ni si le gustaría, como a él, andar en bicicleta hasta que las farolas que iluminaban los agrestes caminitos que comunicaban entre sí las casas del pueblo y a estas con el bosque y a este con el pantano, se encendían a última hora de la tarde.
En verano, cuando Miguel aún no sabía si a ella le gustaría, como a él, bañarse de noche en el pantano, a él le fascinaba tumbarse sobre la tierra, aún cálida como el pecho de una madre y bajo una de aquellas farolas que atraían hasta sus tímidas y parpadeantes luces amarillentas a todo tipo de insectos, pasar el tiempo viéndolos chocar, testarudamente, contra el cristal una y varias veces, hasta que quedaban girando a su alrededor hipnotizados, como pequeños satélites describiendo elípticas órbitas, a cada vez mayor velocidad.

La vio por primera vez el segundo domingo de Junio, a la salida de la iglesia, mientras él pasaba por delante del pórtico con su bicicleta. Miguel tenía trece años y el pelo negro y rebelde; postillas en sus codos y también en sus rodillas y un pequeño corte, aún sin cicatrizar, sobre la mejilla izquierda, que le daba cierto aire de trasto y aventurero que junto con su porte, ciertamente osado e incluso descarado, le convertían en uno de esos niños a los que los padres procuran mantener alejados de sus hijos, por miedo a un contagio de personalidad.
Ella era rubia, aunque Miguel aún no sabía si le gustaba el chocolate o, como a él, bajar al puerto a sentarse en el espigón y leer, en voz alta, los viejos libros de Verne y Twain que su padre guardaba entre cajas de cartón y mantas y que un día encontró en el altillo de su casa. De vez en cuando, incluso, se imaginaba sus propias aventuras como capitán de algún barco pirata mientras perdía su mirada entre la espuma del mar al romper contra las rocas.
Pero ella era rubia y aquel segundo domingo de Junio, al detener Miguel su bicicleta frente al pórtico de la iglesia, ella buscó su mirada entre el gentío y le sonrió, entonces vio que además era bonita y que con esa sonrisa que le dedicaba, sería muy probable que le gustase el chocolate y los libros de Julio Verne.

Para cuando la boca de Miguel quiso reflejar una sonrisa cómplice con la que responderla, ya era tarde y era doña Carmen, la madre de la niña, la que le miraba, con desprecio, mientras ocultaba a su hija tras su propio cuerpo. Si las miradas matasen, Miguel habría muerto fulminado, como por un rayo, en ese mismo momento.

–¿Qué estás haciendo insensata?, ni se te ocurra acercarte a ese desgraciado y no digas que nada, te he visto sonreírle. ¿Es que acaso no sabes quién es?.

¡Claro que sabía quién era!. Lo sabía ella y lo sabían el resto de los casi doscientos habitantes de Ur. ¿Cómo no saberlo? En un pueblo tan pequeño como Ur, cuanto más morbo despertaban los “sucedidos”, e incluso, cuanto más íntimos eran, más difícil era mantenerlos ocultos y el “sucedido” sobre Miguel, o más bien sobre la familia de Miguel, cumplía los dos requisitos imprescindibles para correr como la pólvora, de boca en boca, en un pueblo de doscientos habitantes como Ur.

–Que sea la última vez Patricia, o te pasarás el verano entero encerrada en tu habitación.

–Pero mamá, solo es un niño. –Replicó Patricia.

–Niña, hazle caso a tu madre. Ese demonio, cuanto más lejos, mejor. Lleva en las venas la misma sangre que su madre y que su padre. –Apuntó doña Elvira, la hermana mayor de doña Carmen; junto a ella, una de las personas con más tierras de cultivo, de bosque y “credibilidad” de Ur.

Aquel verano en el que Patricia sonrió a Miguel a la salida de la iglesia, doña Elvira rondaba los sesenta años, diez más que doña Carmen y cuarenta y cinco más que Patricia.
Siempre vestida de negro desde la muerte de sus padres, doña Elvira era una soltera de toda la vida, del tipo de beatas convencidas que piensan que las dos misas diarias, los rosarios a media tarde y antes de dormir y una buena cantidad de dinero en el cepillo de la iglesia, son actos necesarios para alcanzar el perdón y “ganarse el cielo” y a la vez el respeto de la gente.
Delgada, al contrario que su hermana, hasta el punto que aquel que no conociese de ella, podría pensar que no tenía con qué alimentarse. Tampoco era demasiado alta, al menos no tanto como Patricia y mucho menos que doña Carmen, la verdad es que alguien que no conociese de ellas, no podría asegurar que eran hermanas, pero el caso es que lo eran.
Ambas, herederas de la gran fortuna de los Sistiaga, que además de los extensos campos de cultivo de trigo y maíz, comprendía la gran arboleda de robles que conformaban el bosque de Zuaia y la reformada casa torre de la familia, donde convivían las dos hermanas con la niña y don Ernesto, el padre de Patricia.
Además poseían otros siete caseríos que tenían arrendados a otras tantas familias de Ur y ganado y varios comercios del pueblo; la cantina, la carnicería, dos panaderías y la tienda de ultramarinos.

Abandonaron el pórtico aquella tarde entre los saludos, casi reverenciales, del resto de vecinos y feligreses; quien más o quién menos, estaba de alguna manera relacionado “forzosamente” con los Sistiaga y así, podía decirse que no caía una hoja de árbol ni se movía una brizna de hierba sin que ellos no lo supieran, antes incluso de que ocurriese.
Sólo el caserío de los Aguirre, sus tierras aledañas y el vasto manantial subterráneo que aquellas contenían y que abastecía de agua potable al pueblo, escapaban a su control y allí era precisamente donde vivía Miguel junto a su tía Sara, hermana de su madre y su tío Jon.

Miguel emprendió de nuevo la marcha sobre la bicicleta, aún con la sonrisa en los labios y sin dejar de mirar hacia el coche donde Patricia se había subido y que ya circulaba a escasa velocidad atravesando la plaza; estaba seguro de que ella le veía desde el interior del Ford negro, por lo que aumentó el ritmo de pedaleo para ponerse a la par de la ventanilla trasera tras la que, difuso por los reflejos del sol y del propio paisaje en movimiento, aparecía el rostro de Patricia.
Sus miradas se cruzaron durante dos segundos, lo justo para intercambiar una nueva sonrisa de ella con un guiño de él. Después, el Ford negro aceleró bruscamente al llegar al camino de salida de Ur, dejando a Miguel envuelto en una nube de polvo y tierrilla en suspensión tan densa, que casi podía masticarla.

–¡Maldito crío del demonio!

Aquel segundo domingo de Junio, Miguel comenzó a sentir lo que años más tarde supo que era amor y tras ver desaparecer el Ford negro, cogió su bicicleta y marchó en dirección al pantano; estaba seguro de que a ella le gustaría, como a él, bañarse allí. Luego se tumbo a secarse sobre la hierba. No podía dejar de pensar en ella, en dónde viviría, en cuál sería su nombre; quizás se llamaría Maite, como su madre, o quizás Becky, como la novia de Tom Sawyer; de lo que estaba seguro era de que era preciosa y tras verla sonreír, de que a buen seguro le gustaba, como a él, el chocolate y montarse en bicicleta. 

Fin de la primera.
M.B.15

Tuyo Txezka.