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2014-05-12

Escape.3 Patty & Clyde


Patty arrancó uno de los botones y lo escupió. Luego mordió el cuello de la camisa negra de Clyde mientras éste apretaba el último nudo de seda rojo en su muñeca izquierda.

"¿Clyde? ¿Sería ese su nombre? ¿Clyde qué más?" se preguntaba mientras sus ojos color carbón mostraron el ardor de la rendición más sumisa al comprobar, con un último e inútil intento que estaba por completo sujeta por sus cuatro extremidades a la robusta cama de madera de la cabaña.









Corría el rumor del sexo crudo por la habitación, mezclado quizás con el frescor de la mañana que aromatizada por los frondosos pinares situados entre la choza y el lago, se colaba por la ventana.

Clyde la miró mientras le colocaba la yema del dedo índice sobre sus labios entreabiertos emborronados de carmín hasta la barbilla por los besos. Le gustaba ese sabor a pintalabios con sabor a fresa, hasta el punto de haber llegado a morder los labios de Patty en alguna ocasión convirtiendo aquellos besos en pura afrodisíaca macedonia de frutas y sangre.

Ella guardó silencio. Humedeció el dedo que él le ofrecía, primero perfilando casi con su lengua los surcos de su huella dactilar, para luego, envolverlo con su boca. Lo mantuvo un rato dentro, sintiendo el calor  de su saliva y las caricias de su lengua jugando al gato y el ratón alrededor de sus falanges.

Mientras, Clyde estudiaba cada parte del cuerpo semidesnudo de la mujer que tan sólo con una tanguita negra con su nombre bordado, marcaba una especie de frontera que saltar sobre su cadera y seguido, sus dos bonitas piernas separadas y atadas por los tobillos también por sendos nudos rojos.

Extrajo su dedo y volvió a mirarla a los ojos aunque ella los tenía cerrados. Le apartó un mechón de pelo que tenía  sobre la frente, y le acarició el cuello. Después deslizó su mano hasta alcanzar su pecho izquierdo, cubierto aún por una fina gasa de seda violeta. Retiró el velo muy despacio, rozando los pezones al pasar,  que parecía se agarrasen a él siguiendo el vuelo de los dedos.

Patty abrió lo ojos y lo vio arrodillado junto a ella sobre el colchón, despojándose de la única prenda que aún le quedaba puesta, la camisa negra.
Fue entonces cuando le vino a la cabeza el momento en el que se conocieron días antes, en aquel bar de carretera de la N-634. Recordó como había sucedido todo. Un giro inesperado, el vaso con su bourbon favorito derramándose sobre la misma camisa negra y el atropellado intercambio de disculpas.
Todo aquello que había visto tantas veces en películas y series de televisión. Las sonrisas tensas al principio y más sueltas después, y el clásico ofrecimiento de él:

–Déjame que te invite a otra. ¿Bourbon verdad?

 Y sólo tres días después se encontraba allí con un desconocido, desnuda y atada a una cama en el interior de una cabaña, lejos del pueblo y apartados de la carretera.

.....

La taza estalló en cientos de pequeños cachitos contra el suelo de la cocina. Lo que hizo que Mikel reaccionase, aunque tarde, con un ligero salto hacia atrás.
Comenzó a ordenar en su cabeza lo que había ocurrido momentos antes y de seguido logró decir:

–Sra Pecker. Yo...

–Bien, no te preocupes Mikel. Sólo fue una estúpida idea mía. –Respondió ella, evidenciando por su caer de cabeza como a plomo, no sentir en realidad lo que decía.

Mikel se dispuso a recoger los restos provocados por su torpeza. Mientras, pensó en la proposición de la Sra Pecker. Él había preparado aquello para pasar esos días en completa soledad, sí. Pero tampoco tenía por ello que quitarle la ilusión de participar en algo semejante. Tendría con quién conversar, ¿porqué no?

–¿Porqué no, dices? –Pensó.–Porque sabes lo que va a pasar. Con ella no te sabes controlar, y como te pille en una escena como la de la ducha, la vas a liar. Dile que no. Dile que no.

Con el recogedor en la mano, donde saltaban como si estuviesen vivos los pedacitos de la taza por el movimiento nervioso de las manos, Mikel se giró hacia ella.

–Está bien Lucía. Iremos los dos a esa excursión.

M.B.2014