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2015-07-26

Despertares. I. Penumbra


Para entonces y aunque aún no han comenzado a colarse los primeros rayos de sol entre las rendijas de la persiana de la habitación, poco a poco, sus cuerpos ya se retuercen, ya se estiran y acomodan buscando ese roce casi inocente, casi sin querer, de uno con el otro y las primeras caricias del día van llegando a tientas, entre la penumbra, como por instinto, como guiadas por el olor de las pieles, hasta encontrar su destino.

La mano, grande y áspera, que acariciaba el muslo desnudo, va deslizándose despacio hasta quedar apoyada en la cadera; con un solo movimiento, logra que gran parte de la superficie del cuerpo quede en contacto con el de ella; con las piernas anudadas, comienzan a buscarse las cosquillas entre los pies, mientras la mano pequeña y de dedos finos ya marca sus uñas en el pecho, después en el hombro, luego acaricia el cuello, hasta finalmente, encontrarse con los labios. Por ellos, ya asoman los primeros jadeos y chorros de aire caliente que a ella le sirven para saber donde colocar los suyos, apoyándolos ligeramente primero, depositando pequeños besos sobre la boca después, para acabar deslizando su lengua, húmeda y templada, por ella hasta encontrar la de él.

Los ojos se mantienen cerrados durante la sucesión de besos y palabras de amor, apenas distinguirían alguna forma entre tanta oscuridad y además, no les es necesario abrirlos para verse, para saberse desnudos y encontrarse el placer en cada centímetro cuadrado de piel por el que transitan los dedos, las manos y los labios y los alientos.

Los cuerpos sincronizan sus movimientos en un ir y venir sobre el colchón, en el cual, se van turnando las posiciones, ahora él sobre ella, luego ella sobre él, hasta que, en un momento dado detienen su rodar y es ella la que queda encima, abrazados, unidos por los labios, con los pezones sobre los pezones y el sexo contra el sexo.

Y se aman, se aman con ritmo y ternura entregándose hasta la última gotita de amor hasta que, coincidiendo con la entrada de los primeros rayos de sol que se cuelan entre las rendijas de la persiana de la habitación, iluminando los rostros, se nombran y alcanzan el cielo de la mano.

M.B.15

y despertar,
cada día así,
a tu lado Txezka.
Será.

Despertares II. El ladrón de flores....

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