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2013-09-05

Domingo, uno de tantos otros...


Domingo, uno de tantos otros días en los que coincidió el comienzo de un nuevo mes. Las calles y jardines, aún  humedecidos por la lluvia fina caída durante la noche y buena parte de la mañana, hacían  presagiar que sería un domingo más para añadir a la ya interminable lista de domingos y festivos perdidos entre desaliento y monotonía.

Días absurdamente perdidos, así es como los veo ahora, pero en el momento de vivirlos, no había ningún motivo para verlos de otra manera más positiva u optimista, pero eso, forma parte del pasado. Y yo lo que hoy quiero narraros es lo acaecido ese domingo concreto, ese en el que de un solo plumazo, todos o parte de aquellos sinsentidos, dejaron de formar parte de los días de mi vida. Sinsentidos tantas veces repetidos ya fuese domingo, jueves o viernes; ya fuese cumpleaños, bodas u otro tipo de festividad.


Al grano pues. Aquel domingo, no iba a ser así. Por algún motivo, el cual aún desconozco, decidí visitar un mercado dominical. Allí había libros de segunda mano y objetos antiguos de lo más variopintos. Rebusqué entre postales con bellas imágenes enviadas desde ciudades remotas, y los textos manuscritos por la parte trasera, desvelaban intimidades que en su día sirvieron para transmitir estados de ánimo o agradecimientos entre personas distanciadas geográficamente. Examiné monedas y sellos de todos los países del mundo. Continué recorriendo el mercado y me topé con muñecas de porcelana antiquísimas con ojos como platos y vestidos de época, que siempre desde pequeño pavor me han despertado, y que ese domingo volvieron a hacerlo clavando su fría mirada en mí mientras pasaba junto a la mesita en las que estaban expuestas. Disfruté al encontrar colecciones de libros de poesía y narrativa, diccionarios y enciclopedias. Los mejores escritores y escritoras de cada época exponían allí sus mejores y más reconocidas obras, por ejemplo: Miguel Hernández, Federico García Lorca, Friedrich Nietzsche, Víctor Hugo, Gioconda Belli, Dan Brown, etc. Por nombrar sólo a alguno de ellos.

Sin embargo, entre todas aquellas mesas en las que los mercaderes ponían precio a tanto arte, un libro y un autor llamaron mi atención. Una sola palabra ya hizo que mis ojos se detuviesen en él. Una palabra “Ahora”, parte del todo que formaba el título de la obra “El poder del ahora”, resaltaba en color verde oscuro y con un mayor tamaño que el resto del título e incluso que el nombre de su autor: Eckhart Tolle. Acercándome a él entre la multitud de gente que revoloteaba frente a la mesa, logré cogerlo entre mis manos. Tal vez fue mi subconsciente quien me guio hacia él, quizás fuese que estaba predestinado a encontrarlo. El caso es que lo halle, y ahí comenzó todo.

Adquirí el libro por un módico precio de diez euros. Entregué al vendedor un billete de veinte, y al recoger las vueltas y darle las gracias, advertí que el vendedor me guiñaba un ojo. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que me había descontado tres euros del precio total del libro. Le devolví el guiño y me dirigí a casa.
Horas más tarde apresurado ansioso por llegar a mi cita de cada domingo con mi espacio de silencio y soledad en el jardín botánico cercano. Quería llegar cuanto antes y dejar así atrás las voces y los ruidos del tráfico.
 Llegué al jardín con paso rápido y me dirigí a mi sitio adoptado tiempo atrás para la lectura o para la búsqueda de tranquilidad. Domingo tras domingo acudía a aquel viejo roble a sentarme bajo sus frondosas ramas en los días de sol, sentado en el suelo y apoyando mi espalda en el tronco leía dos o tres horas. Sin embargo, no puede decirse que alguno de esos días hubiese logrado mis objetivos. Siempre me despistaba en las lecturas, y la tranquilidad que conseguía desaparecía en cuanto me levantaba del suelo y volvía hacia mi casa, a la contundencia del mundo real.


Los rayos de sol que en otro momento del día caían sobre la tierra y el césped que rodeaban la base del grueso tronco, habían logrado que el terreno se encontrase completamente seco. Así que saqué el libro del bolsillo lateral de mi pantalón, me senté y tras coger la postura más cómoda comencé a leer. Espiritualidad, Paz, Ser y Mente, incluso Dios, eran conceptos que poco a poco fueron surgiendo según iba avanzando en la lectura. Me identificaba personalmente con cada palabra o situación que iba surgiendo. Leía y releía de nuevo aquellas partes que más dificultosas se me hacían de comprender o de asimilar. Hasta que en un momento dado quise experimentar lo que en él se mostraba como ejercicio a realizar.

Abstraerse del propio pensamiento y sentirlo o escucharlo como un espectador, más que como el protagonista o como parte necesaria de lo que en mi cabeza se oía. Sin juzgar ni verme condicionado por lo que mi voz interna decía.

Detuve la lectura y apoyando mi cabeza contra el tronco, cerré los ojos. Logré separarme de todo aquello que otras veces había podido conmigo, indicándome qué pensar y cómo hacerlo. Abrí mis ojos de nuevo y ya, para mi sorpresa, me sentía sólo yo, y extrañamente en paz. Mirando el azul infinito del cielo y el mecer de las hojas del roble sobre mí.

Y de pronto le vi. Allí estaba, a escasos metros, tumbado sobre la hierba. Tranquilo y sosegado, un gato callejero reposaba tumbado panza abajo al sol. Nada le inquietaba, ni la cercanía de un grupo de niños con sus voces jugando frente a él conseguía que moviese un solo músculo.


La sensación que tuve en ese momento fue, la de estar tumbado a su lado. Disfrutando de ese momento. Él conseguía, sin lecturas ni experimentos, lo que yo buscaba. Esa paz, ese disfrutar de ella y de lo que la crea. Y viéndome a su lado, comencé a sentir las caricias de viento, el calor de cada rayo de sol que calentaba mis piernas. El andar simpático de las aves que nos rondaban en busca de semillas, u observando el trabajo fatigoso de las hormigas acarreando trocitos de hojas hacia su hormiguero. Estaba, y era consciente de ello, disfrutando ese segundo, cada uno de esos más o menos treinta minutos, en los que no logré reconocerme como a mí mismo. ¿Era otro quien estaba viviendo todo aquello?, según había leído en el libro minutos antes, podría ser así.

Pasadas dos horas, el gato se incorporó. Arqueó su lomo como estirándose, y girando su cabecita, miró hacia mí. Durante unos segundos, cruzamos las miradas. "Ahí tienes...", parecía decir.                      Luego desapareció entre los setos del laberinto y ya me fue imposible dar con él.

Pensé que aquella experiencia sería algo pasajero, que en cuanto yo me incorporase, todo volvería a estar como antes. Sin embargo, al caminar sentí que todo era diferente al momento en que entré en el jardín. Ningún pensamiento anterior a ese instante inquietaba mi mente. Lo observaba todo con otros ojos, y de pronto esos  nuevos ojos se humedecieron, pero esa vez una paz desconocida y una alegría inmensa eran el origen de aquella emoción.

Así, llegué a casa tan rápido como pude y tras ponerme cómodo, conecté mi ordenador. Necesitaba plasmar tanto sentimiento y sensaciones nuevas por escrito y compartirlas con vosotros y vosotras. Y empecé a escribir: "Domingo, uno de tantos otros días en los que coincidió el comienzo de un nuevo mes (...)"

Con la inestimable ayuda de mi 
buena amiga Lumy Quint 
( http://www.lumyquint.com ). Gracias Lumy.